La Sociedad Europea de Física (EPS) y el Centro de Investigación Económica y Empresarial (Cebr) han publicado el informe “La importancia de la física para las economías europeas”. Abarca el período 2016-2022 y analiza el impacto de esta rama de la ciencia en la economía de los Estados miembros de la UE, de tres países de la AELC (Asociación Europea de Libre Comercio) y del Reino Unido.
La tesis principal del trabajo es que la física no es solo un campo científico, sino un motor estratégico de crecimiento, productividad y resiliencia. Las industrias basadas en la física generan 7,07 billones de euros de facturación y aportaron 2,3 billones de euros al Valor Añadido Bruto (VAB) europeo en 2022, el año del rebote después de la crisis del Covid-19.
Alemania domina en términos absolutos, pero hay datos relativos interesantes: más de uno de cada seis trabajadores suizos y más del 15% de los trabajadores en la República Checa, Eslovenia y Eslovaquia trabajan en actividades relacionadas con la física. Este ámbito de la economía sustenta directamente 20,1 millones de puestos de trabajo en el espacio geográfico analizado y la productividad de sus trabajadores es un 68% superior a la media europea.
El informe destaca también que el sector basado en la física ha aumentado su inversión en actividades de investigación y desarrollo (I+D) a nivel europeo en un 36,5% desde 2016, un dato que debería ser revelador para España, donde andamos necesitados de ese tipo de impulsos en el sector privado. Nuestro país es, por cierto, el quinto país en empresas relacionadas con la física (224.539 en 2022), octavo en VAB generado por ellas (107.330 millones de euros) y quinto en personas empleadas (1,19 millones).
Es interesante analizar la actividad económica a partir del campo científico o tecnológico que la sustenta. La física tiene una Real Sociedad en nuestro país, pero carece de una asociación que aglutine al sector empresarial dependiente de ella. Tampoco existe a nivel europeo. Muy diferente es la situación de la química, que tiene en Feique (Federación Empresarial de la Industria Química Española) no sólo a una entidad activa en su representación, sino a uno de los pocos bastiones que quedan para la defensa de la política industrial en nuestro país, vista la
pérdida de interés de Ametic por el asunto.
En
una publicación de la German Chemical Society se podía leer recientemente un análisis de la realidad económica vista desde los ojos de la química. Si extrapoláramos este ejercicio a otras ramas de conocimiento cuánta riqueza podríamos obtener (y de cuánta carga ideológica pegajosa podríamos desprendernos).
“La química se encuentra en un momento crucial”, dice el artículo, “la crisis energética de 2022 expuso vulnerabilidades de largo alcance, provocó el cierre de capacidad en cadenas de valor fundamentales como el amoníaco y las olefinas, y aceleró la erosión de la cuota de mercado europea”.
“Los avances en electrificación, catalizadores avanzados, conversión de CO2, laboratorios autónomos y síntesis basada en IA ofrecen vías para la competitividad y la sostenibilidad, pero su impacto depende de una infraestructura coordinada, una política estable y una financiación con tolerancia al riesgo”, añade el documento.
“La química debe ser circular por diseño, transparente en sus datos y lo suficientemente robusta como para resistir impactos, diversificar las materias primas y escalar tecnologías de forma fiable. El liderazgo de Europa dependerá de la integración de estos principios en la forma en que se concibe, se enseña y se aplica la química”.
Se ven las cosas de otra forma cuando la actividad económica se pasa por el tamiz de la ciencia y la tecnología, y viceversa. Sin embargo, eso no es fácil que suceda en nuestro país. Conseguir que fuera más frecuente requeriría de un aggiornamento de nuestros espacios de representación empresarial que quizás no todos están dispuestos a realizar.
Si se observa una Memoria Anual reciente de la CEOE, por ejemplo, esa percepción salta a la vista. Los Departamentos en los que la patronal estructura su actividad reflejan una economía que se resiste a hacer la transición hacia esa nueva forma de concebir el desarrollo y la competitividad.
Hasta el Informe Draghi hace un amago de cambio. Propone una suerte de codificación de los sectores clave para la innovación: energía, materias primas críticas, redes de banda ancha de alta capacidad y velocidad, digitalización y tecnologías avanzadas, computación e inteligencia artificial, semiconductores, industrias intensivas en energía, tecnologías limpias, automoción, defensa, espacio, farmacéutico y transporte. Podría interpretarse como taxonomía de los sectores económicos más relevantes.
Su visión ya no está centrada en el producto (textil, cerámica, mueble…), sino que la atención se traslada a las tecnologías habilitadoras (todas las relacionadas con componentes digitales y el mundo TIC) y hacia los grandes agregadores de productos y servicios, entre los que encontramos ausencias estridentes como el turismo, la salud, las infraestructuras o la agroalimentación.
Mirar el mercado desde la ciencia y la tecnología resulta siempre un buen antídoto contra la polarización y el sesgo ideológico, tan difícil ya de desvincular de las organizaciones empresariales y sindicales, que articulan sus mensajes en torno a cuadros macroeconómicos y a una dialéctica de vencedores y víctimas. La solución siempre se encuentra en el punto de equilibrio entre todas las fuentes de conocimiento, pero dejar fuera a la ciencia es el nuevo medievalismo.